viernes, 13 de marzo de 2009

Ulrich Beck y la Sociedad del Riesgo

Acabo de ser referido a los trabajos del sociólogo alemán Ulrich Beck, quien estudia aspectos como la modernización, los problemas ecológicos, la individualización y la globalización. Beck también ha contribuido con nuevos conceptos a la sociología moderna, incluyendo la llamada "sociedad del riesgo" y la "segunda modernidad". Beck define la sociedad del riesgo como una "fase de desarrollo de la sociedad moderna donde los riesgos sociales, políticos, económicos e industriales tienden cada vez más a escapar a las instituciones de control y protección de la sociedad industrial". En esta sociedad se distingue ocho características:

  1. Los riesgos causan daños sistemáticos a menudo irreversibles.
  2. El reparto e incremento de los riesgos sigue un proceso de desigualdad social.
  3. Riesgo, negocio con doble causa; riesgo y oportunidades de mercado.
  4. Hay un vacío político e institucional. Los movimientos sociales son la nueva legitimación.
  5. Las fuentes que daban significado colectivo a los ciudadanos están en proceso de "desencantamiento".
  6. En las nuevas sociedades recae en el individuo un proceso de "individualización" a través de una desvinculación de las formas tradicionales de la sociedad industrial y una re-vinculación con otro tipo de modernización.
  7. Las fuentes colectivas que dan significado a la sociedad se agotan y el individuo, busca de forma independiente, una identidad en la nueva sociedad. "En situaciones de clase el ser determina la conciencia, mientras que en situaciones de riesgo es al revés, la conciencia determina el ser".
  8. Retorno de la incertidumbre; riesgo como reconocimiento de lo impredecible y de las amenazas de la sociedad industrial. En la sociedad reflexiva, la sociedad se convierte en un problema para sí misma

Identifico en varias de estas ideas lo que está pasando con el enfoque que nuestras autoridades le dan a la ciudad ideal, privilegiando desbalanceadamente un medio tan nocivo para el ser humano como el uso de medios motorizados. Además, identifico la próxima actividad de Cicloaxión, la Ciclonudista, como la nueva forma de hacer ciudadanía que puede enrumbar nuestro futuro.

miércoles, 25 de febrero de 2009

Las pistas vacías del Metropolitano son para las bicicletas

Durante las últimas semanas me he dado con la sorpresa que la infraestructura del Metropolitano que pasa por la Escuela del Ejercito y el C.C. Plaza Lima Sur en Chorrillos, se viene usando intensivamente para el tránsito de las bicicletas. He visto más ciclistas que antes en esa avenida lo cual es una buena noticia para la calidad del aire que todos respiramos. De hecho la sección actual de la vía para autos particulares es ahora más angosta, igual permite el paso de bicicletas junto con el de carros pero se requiere tener más cuidado. Sin embargo, en un punto que se anota la Municipalidad de Lima sin querer, los ciclistas urbanos tenemos la posibilidad de disfrutar de un ciclovía de ensueño por lo menos hasta que el Metropolitano comience a funcionar en el 2010.

Dicho sea de paso, el Proyecto del Metropolitano, que comenzo la gestión del ex-alcalde Andrade, es uno de los que más tiempo ha demorado en el mundo. Solo para tener una referencia, el proyecto que se hizo en Quito se implementó en menos de 3 años. nosotros tenemos con ese proyecto casi ocho años, con el consiguiente gasto de recursos, que sale del bolsillo de todos nosotros. Aún recuerdo el debate entre Castañeda y Andrade donde el actual alcalde defendía el tren eléctrico. Aparentemente no leyó la información disponible sobre la inviabilidad financiera de ese medio de transporte sin subsidios. Nos vendió a todos el cuento que lo hacía y hasta ahora nada. No es difícil entonces comprender porque el Metropolitano ha demorado tanto.

miércoles, 4 de febrero de 2009

Los espejos del paraíso por Eduardo Galeano

Los espejos del paraíso por Eduardo Galeano

La publicidad habla del automóvil como una bendición al alcance de todos. ¿Un derecho universal, una conquista democrática? Si fuera verdad, y todos los seres humanos pudieran convertirse en felices propietarios de este medio de transporte convertido en talismán, el planeta sufriría muerte súbita por falta de aire. Y antes, dejaría de funcionar por falta de energía. Nos queda petróleo para dos generaciones. Ya hemos quemado en un ratito una gran parte del petróleo que se había formado a lo largo de millones de años. El mundo produce autos al ritmo de los latidos del corazón, más de uno por segundo, y ellos están devorando más de la mitad de todo el petróleo que el mundo produce.

Por supuesto, la publicidad miente. Los numeritos dicen que el automóvil no es un derecho universal, sino un privilegio de pocos. Sólo el veinte por ciento de la humanidad dispone del 80 por ciento de los autos, aunque el cien por ciento de la humanidad tenga que sufrir las consecuencias. Como tantos otros símbolos de la sociedad de consumo, éste es un instrumento que está en manos del norte del mundo y de las minorías que en el sur reproducen las costumbres del norte y creen, y hacen creer, que quien no tiene permiso de conducir no tiene permiso de existir.

El 85 por ciento de la población de la capital de México viaja en el 15 por ciento del total de vehículos. Uno de cada diez habitantes de Bogotá es dueño de nueve de cada diez automóviles. Aunque la mayoría de los latinoamericanos no tiene el derecho de comprar un auto, todos tienen el deber de pagarlo. De cada mil haitianos, sólo cinco están motorizados, pero Haití dedica un tercio de sus importaciones a vehículos, repuestos y gasolina. Un tercio dedica, también, El Salvador. Según Ricardo Navarro, especialista en estos temas, el dinero que Colombia gasta cada año para subsidiar la gasolina, alcanzaría para regalar dos millones y medio de bicicletas a la población.

El derecho de matar. Un solo país, Alemania, tiene más automóviles que la suma de todos los países de América Latina y Africa. Sin embargo, en el sur del mundo mueren tres de cada cuatro muertos en los accidentes de tráfico de todo el planeta. Y de los tres que mueren, dos son peatones.

En eso, al menos, no miente la publicidad, que suele comparar al auto con un arma: acelerar es como disparar, proporciona el mismo placer y el mismo poder. La cacería de los caminantes es frecuente en algunas de las grandes ciudades latinoamericanas, donde la coraza de cuatro ruedas estimula la tradicional prepotencia de los que mandan y de los que actúan como si mandaran. Y en estos últimos tiempos, tiempos de creciente inseguridad, al impune matonismo de siempre se agrega el pánico a los asaltos y a los secuestros. Cada vez hay más gente dispuesta a matar a quien se le ponga delante. Las minorías privilegiadas, condenadas al miedo perpetuo, pisan el acelerador a fondo para aplastar la realidad o para huir de ella, y la realidad es una cosa muy peligrosa que ocurre al otro lado de las ventanillas cerradas del automóvil.

El derecho de invadir. Por las calles latinoamericanas circula una ínfima parte de los automóviles del mundo, pero algunas de las ciudades más contaminadas del mundo están en América Latina.

La imitación servil de los modelos de vida de los grandes centros dominantes, produce catástrofes. Las copias multiplican hasta el delirio los defectos del original. Las estructuras de la injusticia hereditaria y las contradicciones sociales feroces han generado ciudades que crecen fuera de todo posible control, gigantescos frankensteins de la civilización: la importación de la religión del automóvil y la identificación de la democracia con la sociedad de consumo, tienen, en esos reinos del sálvese quien pueda, efectos más devastadores que cualquier bombardeo.

Nunca tantos han sufrido tanto por tan pocos. El transporte público desastroso y la ausencia de ciclovías hace obligatorio el uso del automóvil, pero la inmensa mayoría, que no lo puede comprar, vive acorralada por el tráfico y ahogada por el smog. Las aceras se reducen, hay cada vez más parkings y cada vez menos barrios, cada vez más autos que se cruzan y cada vez menos personas que se encuentran. Los autobuses no sólo son escasos: para peor, en muchas ciudades el transporte público corre por cuenta de unos destartalados cachivaches que echan mortales humaredas por los caños de escape y multiplican la contaminación en lugar de aliviarla.

El derecho de contaminar. Los automóviles privados están obligados, en las principales ciudades del norte del mundo, a utilizar combustibles menos venenosos y tecnologías menos cochinas, pero en el sur la impunidad del dinero es más asesina que la impunidad de las dictaduras militares. En raros casos, la ley obliga al uso de gasolina sin plomo y de convertidores catalíticos, que requieren controles estrictos y son de vida limitada: cuando la ley obliga, se acata pero no se cumple, según quiere la tradición que viene de los tiempos coloniales.

Algunas de las mayores ciudades latinoamericanas viven pendientes de la lluvia y el viento, que no limpian de veneno el aire, pero al menos se lo llevan a otra parte. La ciudad de México vive en estado de perpetua emergencia ambiental, provocada en gran medida por los automóviles, y los consejos del gobierno a la población, ante la devastación de la plaga motorizada, parecen lecciones prácticas para enfrentar una invasión de marcianos: evitar los ejercicios, cerrar herméticamente las casas, no salir, no moverse. Los bebés nacen con plomo en la sangre y un tercio de los ciudadanos padece dolores crónicos de cabeza.O usted deja de fumar, o se muere en un año advirtió el médico a un amigo mío, habitante de la ciudad de México, que no había fumado ni un solo cigarrillo en toda su vida.

La ciudad de Sao Pablo respira los domingos y se asfixia los días de semana. Año tras año se va envenenando el aire de Buenos Aires, al mismo ritmo en que crece el parque automotor, que el año pasado aumentó en medio millón de vehículos. Santiago de Chile está separada del cielo por un paraguas de smog, que en los últimos 15 años ha duplicado su densidad, mientras también se duplicaba, casualmente, la cantidad de automóviles.

jueves, 8 de enero de 2009

Publicidad de infraestructura para el auto

¡Hola!

Hace tres meses el Alcalde de San Miguel, Salvador Heresi, habló sobre el uso utilitario de la bicicleta en la ciudad en un foro organizado por FONAM y la Universidad Católica. Sus ideas sobre la importancia del peatón y la bicicleta con miras a disfrutar de una ciudad más amable y menos contaminada me dejaron una buena impresión. Sin embargo, en la recientemente re-inaugurada subida de la costanera se exhiben cuatro carteles de nuevas obras en su distrito para los autos. Ni una sola para los peatones o para los ciclistas. Es casi lo mismo en los inmensos carteles que la Municipalidad de Lima instala en los peajes al sur difundiendo sus obras.

Una pregunta que me hago todos los días es porque nuestra sociedad, electores y políticos, ven en una ciudad con más pistas un símbolo de desarrollo ¿Será que la imagen de una ciudad con mucho tráfico es lo que aspiramos? ¿No somos conscientes tal vez de lo que ya la Defensoría del Pueblo ha evidenciado a través de dos Informes Defensoriales sobre la calidad del aire en nuestra ciudad? ¿No nos damos cuenta acaso que a más pistas más autos y, a más autos, más ruido, agresividad, accidentes, discriminación, etc.? Hace rato que otras ciudades se han dado cuenta del problema, ¿Qué es lo que estamos haciendo en nuestra ciudad al respecto?

En un reciente periplo por Montreal y Nueva York pude apreciar calles, en el Meatpacking District y en el centro de Montreal, donde es clara la voluntad política por tener mejores ciudades al brindar espacios de movilidad pública diseñados para en forma balanceada para las personas y los autos. Cabe resaltar que en el 2004, el New York magazine llamó al Meatpacking District el barrio de New York más de moda. Es una obligación de nuestras autoridades el llevarnos hacia una ciudad que mejore nuestra calidad de vida, no que la empeore. Es nuestro deber recordarles el camino. Ya es hora que nos preguntemos en que tipo de ciudad queremos vivir y que exijamos a las autoridades que nos encaminen hacia ese escenario.

¡Feliz año!